jueves, 12 de marzo de 2015

Inspirémonos.

La presión que ejercen los folios en blanco de mis compañeros la puedo oler hasta yo.
Estamos en clase, en antropología, que es básicamente una clase para orientar nuestro pensamiento.
Mejor dicho, para orientarnos a pensar. Quien más, quien menos, se ha parado alguna vez a pensar en profundidad temas más o menos triviales. Cada uno tiene el grado de profundidad mental que tiene, pero digo yo que hasta al más superficial tiene que haber algo que le revuelva por dentro.

Pero por mucho que aprendamos a pensar, si se estruja como si fuéramos limones, ocurre lo que veo ahora en clase, que los folios les gritan. Rasgan el papel con los bolis, por inercia casi, porque ninguno tiene cara de estar dentro de lo que están escribiendo, el que escribe algo. Si buscas algo auténtico, tiene que venirte sólo, tienes que inspirarte, notar por dentro un impulso de querer sacarlo fuera incluso sin saber muy bien cómo.

Cuando me ocurre eso, dibujo, escribo o, en menor medida, saco fotografías. Si estoy en un ambiente íntimo, incluso canto. Pero el origen de todo ello es siempre la inspiración.

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